Cuando muere una madre: lo que nadie te explica sobre el duelo

Cuando muere una madre: lo que nadie te explica sobre el duelo

Hay pérdidas que no se acomodan con el tiempo.

La muerte de una madre es una de ellas.


No importa cuántos años tengas, cuán independiente seas o cuánta “fortaleza” creas tener: cuando una madre muere, algo en la estructura interna se desordena. No es solo tristeza. Es una sensación más profunda, difícil de nombrar, como si el mundo siguiera funcionando mientras tú perdiste un punto de referencia esencial.


 

El duelo no es lineal (aunque te digan que sí)

 


Una de las ideas más dañinas alrededor del duelo es que tiene etapas claras y ordenadas. Que primero niegas, luego lloras, luego aceptas. La realidad es otra: el duelo aparece en oleadas. A veces estás bien y, sin previo aviso, algo cotidiano —una canción, un olor, una fecha— te devuelve al centro del dolor.


No es retroceso. Es memoria emocional.


 

Cuando el silencio pesa más que las palabras

 


Después del funeral, cuando los mensajes disminuyen y la vida de los demás continúa, llega una parte del duelo de la que casi no se habla: el silencio. No el silencio externo, sino ese momento en el que ya no sabes a quién acudir, porque la persona que te daba contención dejó de estar.


Muchas personas sienten culpa por “seguir viviendo”. O enojo por no poder hacerlo. Ambas emociones pueden coexistir, aunque parezcan contradictorias.


 

El cuerpo también hace duelo

 


El duelo no solo se piensa: se siente en el cuerpo. Cansancio extremo, dificultad para concentrarse, cambios en el apetito, insomnio. No es debilidad. Es el cuerpo procesando una ausencia que aún no entiende del todo.


Por eso, intentar “superar” el duelo rápidamente suele ser más dañino que permitirle su propio ritmo.


 

Acompañar no es arreglar

 


Si estás atravesando la pérdida de tu madre, es posible que no necesites consejos, frases motivacionales ni explicaciones espirituales. A veces lo único necesario es compañía: palabras que no intenten cerrar la herida, sino sentarse junto a ella.


La literatura —y especialmente la poesía— puede cumplir ese papel. No para curar, sino para acompañar cuando no sabes cómo nombrar lo que duele.

 


 

 

Para quienes están viviendo este proceso

 


Este texto no pretende decirte cómo deberías sentirte. El duelo no tiene una forma correcta. Si hoy estás funcionando y mañana no, ambas cosas son válidas. Si ríes y luego lloras, también.


A veces, leer a alguien que ha estado ahí no quita el dolor, pero lo vuelve menos solitario.

 

La luna sí tiene compañía nació desde ese lugar: escribir no para explicar la muerte, sino para acompañar la vida que sigue después.

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